dimecres, 2 de setembre de 2015

Cognoms

No llegué a descifrar todas las inscripciones, pero al
ver los nombres que aún podían leerse –Hamburger,
Kissinger, Wertheimer, Friedländer, Arnsberg, Frank,
Auerbach, Grunwald, Leuthold, Seeligmann, Hertz,
Goldstaub, Baumblattg y Blumenthal– me vino la idea
de que quizá  lo que los alemanes más envidiaban a los
judíos eran sus hermosos apellidos, tan vinculados al
país y al idioma en que vivían.


W.G. Sebald, Los emigrados.
Editorial Anagrama, 2015.
Traducció de Teresa Ruiz Rosas.

Marc Vicens, 2015.